Vicente Ortigosa de los Ríos fue el primero en imaginar una alternativa, lavando y secando el maíz nixtamalizado para molerlo en molinos de trigo. Julián González llevó la idea más lejos: en 1865 tenía funcionando en la Ciudad de México, frente a la Casa de los Azulejos, una máquina de vapor que producía masa a 8 centavos el cuartillo. Pero todavía no había tortillas. Pedro Celestino Cortés, en Mérida, resolvió el problema de extensión incorporando una prensa al principio de González. Y en 1899, Ramón Benítez simplificó todo: dos platillos, una palanca, una bolita de masa, y una tortilla perfecta en un solo movimiento. Ese mecanismo sigue siendo la base de cada tortilladora manual que existe hoy. Entre 1900 y 1960, el Estado mexicano otorgó 182 patentes relacionadas con molinos de nixtamal y máquinas tortilladoras. Ningún nombre llegó al reconocimiento internacional. La tortilla llegó sola.